Parador con historia

Alberto condujo entre las colinas doradas de Extremadura mientras el atardecer teñía el cielo de ámbar. Había dejado atrás el bullicio de Madrid buscando refugio en Zafra, un nombre que resonaba en su mente como un susurro antiguo. Al divisar las siluetas de las nueve torres coronadas de almenas, supo que había llegado al Parador, un palacio que desafía al tiempo.

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Parador de Zafra

El edificio emergía imponente, una fusión de fortaleza musulmana y elegancia renacentista. Su fachada, de piedra dorada con arcos de herradura que delataban su pasado árabe, se alzaba sobre muros que alguna vez resistieron asedios. Las torres, rematadas por almenas en forma de cola de golondrina, parecían custodiar secretos de siglos. Al acercarse, Javier notó los marcos de ventanas labrados con motivos vegetales, típicos del Renacimiento, y los contrafuertes góticos que sostenían el peso de la historia.
—Bienvenido al Palacio de los Duques de Feria —dijo una recepcionista de voz suave, entregándole una llave antigua con el escudo de los Feria grabado—. La elegante habitación de paredes blancas y techo alto, con una cama muy confortable con sábanas de hilo fino de algodón, cuadros en las paredes y grandes alfombras, Alberto dejó su maleta para recorrer luego el vestíbulo, donde el artesonado mudéjar de madera de cedro se entrelazaba en estrellas de ocho puntas, un diálogo entre Oriente y Occidente. Al pasar junto a un arco de medio punto, un guía mayor, de barba cana y ojos curiosos, se acercó:

—¿Ve esos herrajes en las ventanas? —señaló el hombre, mientras Alberto observaba los diseños geométricos en hierro forjado—. Son originales del siglo XV. Los duques los encargaron a herreros moriscos. Hasta las bisagras son obras de arte.
Subiendo por la escalera, cuyos peldaños de piedra estaban gastados por siglos de pisadas, Alberto acarició el pasamanos de hierro, frío y rugoso. Al llegar a su habitación, una suite en la torre norte, abrió la ventana. El patio interior, rodeado de arquerías renacentistas y fuentes de mármol blanco, se extendía bajo la luna. Una mujer, sentada junto a un arrayán, levantó la vista:
—¿Le gustan los jardines? —preguntó con acento melódico—. Los diseñó un discípulo de Juan de Herrera. Note cómo los setos forman laberintos… como la historia de este lugar.
—Es como si el tiempo se hubiera detenido —murmuró Alberto.

Un relámpago de memoria ancestral transportó a Alberto al siglo XIII: vio a Yazid dirigiendo la defensa desde las almenas, flechas lloviendo sobre estandartes almohades ondeando con la shahada. Sintió el calor de las antorchas incendiando los almacenes antes que el enemigo los tomara.
—Ordené la retirada por los túneles secretos —confesó Yazid, señalando hacia los cimientos—, pero quedé aquí, custodio de lo que fuimos.
Alberto extendió la mano. Al tocar la empuñadura de la daga del guerrero, visiones de zocos repletos de especias y cantos de almuédanos se mezclaron con los aplausos de turistas en el restaurante del parador.
Con el primer canto del gallo, Yazid comenzó a desvanecerse en partículas doradas:
—Tu curiosidad rompió mi atadura. Cuenta nuestra historia, que no fue solo guerra, sino siglos de estrellas estudiadas desde el mirador y acequias trazando geometrías sagradas.

Al amanecer, Alberto encontró en el aljibe una moneda almohade con la frase "No vencedor sino Alá". Desde entonces, cada noche de luna llena, los huéspedes juran oír pasos marciales resonando junto a susurros de versos de Ibn Quzman, mientras la brisa repite un nombre: Yazid.
Alberto hace realidad otra de sus fantasías y a media mañana se dirige al maravilloso patio de columnas para pedir una ración de jamón ibérico de bellota D.O. Dehesa de Extremadura, aderezado con una copa, también D.O. cava de Almendralejo.
En la biblioteca, entre bóvedas de crucería gótica y vitrales que filtraban la luz en tonos de añil, Alberto encontró un anciano hojeando un códice.
—Mire estos mapas —dijo el hombre, mostrándole un pergamino con bordes deshilachados—. Cortés estuvo alojado aquí, donde estudió estos mapas antes de zarpar. ¿Sabe por qué eligió esta torre? —señaló las vigas de roble del techo, talladas con grifos y leones heráldicos—. Desde aquí se ven las estrellas que guiaron sus naves.

Esa noche, mientras vagaba por el corredor de las yeserías, donde las paredes estaban cubiertas de flores y versos árabes en estuco, escuchó risas lejanas. Una puerta entreabierta lo llevó a un salón con tapices flamencos que narraban cacerías reales. Una figura en sombras, vestida a la usanza del Siglo de Oro, murmuró:
—Este palacio es un libro de piedra. Cada muro, una página; cada torre, un capítulo.
Al amanecer, en las almenas, Alberto observó las murallas originales de la fortaleza musulmana, ocultas bajo enredaderas. Un jardinero, podando rosales, comentó:
—Los duques añadieron los balcones de hierro, pero las bases son las mismas que levantaron los almohades. Hasta el olor a jazmín es viejo… como los fantasmas.
Al partir, Alberto miró hacia atrás. El Parador, con sus torres que fundían la robustez militar y la gracia palaciega, parecía susurrarle adiós con el viento.

—No es un hotel —pensó—. Es un espejo donde el pasado refleja sus sueños.
Y en su maleta, junto a los mapas, llevaba una hoja de arrayán del jardín. Una reliquia de un lugar donde la arquitectura era memoria hecha piedra.
Al partir, guardó en su maleta no solo recuerdos, sino la certeza de que algunos lugares son puentes entre eras. El Parador de Zafra ya no era solo una parada en su viaje, sino un refugio donde el pasado y el presente se entrelazaban, como las raíces de la historia en la tierra extremeña.